La mirada de Yang

Relato por la eliminación de la violencia contra la mujer.

 

 

Camina deprisa y avergonzada. Yang no se separa de ella. Observa que a la perra le cuesta andar, se detiene y se agacha a su lado.

-Ven, bonita.

La acaricia, la besa. Al pasar la mano por su lomo, lo nota abultado.

-Yang, mi Yang…mi perrita guapa.

Yang le dedica un lametazo cálido al principio, reconfortante, pero pronto se envicia y recae en que le sangraba la nariz delante del espejo del ascensor; aparta al animal, se tapona con el dorso del puño e inclina la cabeza hacia atrás, el sabor a metal caliente se extiende por su paladar y la visión se nubla. Su equilibrio afloja. Se levanta palpando en su cercanía y vuelve a encontrar la lengua de Yang dispuesta a guiarla.

Continúan caminando, ambas han improvisado el trayecto del paseo diario, ya están a la altura de la Audiencia Provincial, hay prensa grabando alguna salida. Yang se ha quedado rezagada, un hombre que lleva una cámara al hombro, hace el ademán de soltarle una patada para que se aparte del plano. Lola le lanza una mirada de reproche.

-¿Qué quieres? ¡Está en el puto medio! ¡Ocúpate de tu perro, tía!

Se ve incapaz de contestarle, se acerca a por ella y la agarra del collar. Hace frío, no sabe en qué momento la noche se les ha caído encima. De frente viene un chico haciendo running, a buen ritmo, con la capucha puesta, se le parece mucho: se para en seco y nota que le cuesta respirar «Dios mío, es él».  No puede moverse, su cuerpo la ignora y él ya está casi encima. Los ladridos de Yang parecen proceder de un sueño paralelo, «Ya está aquí». Se agacha cubriéndose la cara con los antebrazos. Escucha el sonido de las suelas deportivas derrapando muy cerca, al alejarse, el deportista la mira extrañado y con desconfianza.

Vuelve a tener la nariz fría de perro recorriendo su rostro. Respira. Se dirigen a casa de papá y mamá, aunque no sabe qué decirles. El domingo estuvieron comiendo juntos y acabó discutiendo con mamá porque al hilo de una noticia relacionada con la violencia de género, dijo que no entendía cómo una mujer podía seguir metiéndose en la cama con un tío que la pega y eso la tocó en el alma, enfureció y la gritó que hay hombres que te pegan con la indiferencia y el regalo de una vida monótona y gris a su lado, y que de eso ella sabía mucho. Papá se levantó y pidió calma y al mirarle a él, sin inmutarse, sentado en el sofá con el periódico abierto, creyó distinguirle una mueca sonriente, disfrutaba. Cambiaron de tema ayudados por los deportes, pero ninguna volvió a hablar hasta que dijeron que se iban. La besó al marcharse, pero la notó ofendida. Nada más cerrar la puerta, la empujó contra la pared y la metió un cabezazo.

-A los papis hay que respetarlos…(susurró)

La tiró al suelo y la forzó allí mismo, Lola no dejó de pensar que sus padres estarían aún en el ascensor, saliendo del portal, subiéndose al coche.

****

Yang se ha sentado, no quiere andar más, o no puede. Ha empezado a emitir gemidos y a moverse en círculos, nerviosa. Intenta morderse el costado, le duele. La levanta en brazos y consigue andar apenas unos metros, es demasiado grande. Recuerda cuando apareció en casa dentro de aquella caja, con su lazo al cuello. Fue después de que la rompiera el brazo y una costilla al volver del viaje a Cuba. La ingresaron un par de noches y pidió el alta voluntaria.

-Te quiero más que a mi vida (la dijo mientras la abrazaba con fuerza), pero a veces me haces perder los nervios…somos como el Yin y el Yang, opuestos pero necesariamente juntos. No me imagino la vida sin ti, Lola.

Le devolvió el abrazo y le besó, después reparó en el cachorro de Golden.

-Así es como le voy a llamar, Yang…para que nunca se me olvide que me quieres a pesar de nuestras diferencias. Que eres mi Yang.

****

Esta vez sus dedos apretaban su cuello con una fuerza mayor a la de otras veces, él era más determinante y ella más débil, decidió en aquel instante que ya no lucharía más. Dejó caer la cabeza y notó las patas de Yang empujando en su costado, en el de él, intentando morder y mediar en la batalla, « ¡No, Yang!», pensó, y la vio empotrarse contra la pared de una patada.

-¡Yang! ¡Mi perrita! (gritó él mientras la liberaba del estrangulamiento y se arrodillaba a su lado).

Al recuperar la respiración, se asomó despacio por encima de su hombro y se encontró con los ojos de Yang, ilusionados por recibir las caricias de quien segundos antes casi la mata, lamiendo sus manos, olfateando su cuerpo. Reconoció en la mirada de Yang su mirada después de cada paliza, de cada vejación. Su miedo se transformó en rabia amarga, vieja. Se dirigió a la puerta de la calle, la abrió y llamó a la perra que se levantó como un resorte y acudió maltrecha. Él permaneció arrodillado, rompió a llorar.

-¡Lola, por favor!

Cerró tras de sí y se fueron.

2 comentarios

  1. Muy buen post!!

    1. Alma M. De Diego dice: Responder

      Gracias, Claudia. No se puede pasar de puntillas sobre la violencia de género, hay que recrear la sordidez de la situación para llegar al alma de los que no sufren esta lacra social, ésta ha sido la intención del relato.
      Un saludo y gracias por leer.

Deja un comentario