Matiuscas

Matiuscas. Relato breve de Alma Diego

 

Este relato nació de la participación en el IX Concurso de Microrrelatos de Getafe Negro, en el que se homenajeaba a Isidro Parodi, personaje detectivesco creado por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares y que publicaron bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq.

Isidro Parodi, barbero bonaerense, es acusado injustamente de un crimen por el que debe cumplir 21 años de condena en la celda 273 de la Penitenciaría Nacional. Su especial olfato para la resolución de crímenes, hace que por su celda desfilen numerosos personajes pidiéndole consejo.

El micro-relato original se regía por las bases del certamen que marcaban la frase del comienzo «El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante» y una extensión que no superara las 150 palabras, lo firmé con uno de mis seudónimos Gerónimo El Negro (por cierto, podéis leerlo aquí y votarlo, aunque el veredicto ya forme parte del pasado, yo os agradeceré las estrellitas). Este que publico no es aquel mismo sino su hermano extenso, un relato breve.

Matiuscas

El penado de la celda 273, Don Isidro Parodi, recibió con algún desgano al visitante, pero el movimiento de la mano señalando con la palma hacia arriba aquella banqueta le hizo ver que era bienvenida. Se sentó de forma poco elegante, con el bolso en el suelo y las rodillas pegadas, sobre las que colocó el paquete.

—Señor Parodi, no sé si me recuerda, soy Cristina Celado, periodista.

Parodi chistó.

—¡Calláte! ¡Si volvés a repetir tu nombre te quedás sin él! –y luego rio bajito, haciendo que su sangre se helara – La española desnombrada… ¿Lo trajiste?

Se lo pasó por el cajón metálico, él se acomodó en el suelo y lo abrió.

—¡Matiuscas! Mi abuelita me regaló el primer juego de muñequitas rusas. ¿No le vuelven loca?

—Si le digo la verdad, es la primera vez que veo unas.

—¿Por qué será que no me sorprende?

El peluquero encarcelado fue liberando las muñecas y colocándolas por orden de tamaño, mientras Cristina perdía la paciencia.

—Señor Parodi, ¿sabe dónde está la chica?

Parodi volvió a reír.

—¡No! ¡Yo no! –regresó a su juego- Observe que a pesar de salir una de la otra y contrario a lo que creen los que no las observan con detenimiento, ninguna muñequita es idéntica a la que le precede o sigue. Algunas son de hecho, muy diferentes entre sí. La última, la diminuta, no guarda ningún parecido con las anteriores, por eso, si intentara deducir que la raíz de la grande es la pequeña, no lo lograría…sin embargo, no hay duda de que la grandota podría convertirse en la diminuta, siguiendo la involución de las muñequitas de en medio.

—¿Me está dando una clase de filosofía?

Esta vez se puso serio.

—Si busca el cadáver no lo encontrará –dijo al tiempo que hacía volar la pieza más diminuta del juego con una toba maestra- pruebe a deducir qué elemento de los que le rodeaban ya no lo hace de la misma manera.

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