Montada en mi bala o disertación acerca de la opción electrónica

Montada en mi bala o disertación acerca de la opción electrónica

 

 

Los libros son sorpresas. Guardo en mi memoria de la infancia la secuencia de un videoclip de Miguel Bosé, “Amante Bandido”, en la que el personaje va abriendo libros en una biblioteca antigua y en ellos encuentra objetos, tales como una pistola, unas botas de explorador, un látigo…vamos, que se transforma de panoli intelectual en Indiana Jones.

Me ha pasado algo parecido al empezar a leer la recopilación de relatos de Stephen King “Todo es eventual”. Me he encontrado con un arma, su prólogo. Habla Stephen King de las artes que para él están perdidas en la literatura actual.

La primera en la que ahonda es la novela radiofónica, rememorando la mítica “La Guerra de los Mundos” de Orson Wells y tras relatar su propia experiencia frustrada al intentar escribir una, conviene en que se ha perdido la capacidad de ver con los oídos. Ya no practicamos esa clase de imaginación, esa vía, que en consecuencia –y esto es ya mío- nos hace carentes de dramaturgos radiofónicos, actores y directores de voces, y no estoy pensando en la industria del doblaje, que también agoniza, por cierto. En más de una ocasión me he preguntado si merece la pena la opción de los audiolibros, pero me sucede como a Stephen, que no quiero que una voz lineal lea mis historias de corrido, me gustaría añadirles dramaturgia, magia, y es cierto, no existe esa posibilidad con los audiolibros que hoy se editan porque sencillamente y coincido, es un arte perdido.

El segundo arte que añora es el de escribir teatro al estilo shakespeariano, tragedias y comedias en verso. Señala que aún se siguen viendo, que la gente acude a los teatros –esto debe ser en su tierra, claro, porque lo que es en la mía…ejem- pero que es evidente que ningún productor apostaría por superar con una representación en verso los números alcanzados con series televisivas de renombre y que si así fuera, «el disfrute de una manifestación artística está a años luz de la capacidad de crear un nuevo ejemplar de dicha manifestación artística». Otro perdido.

Con la poesía, sin embargo, se muestra optimista, dice que está mejor que nunca y creo que es cierto. En mi última feria, la que compartí con las chicas de la Librería Pazos en Moralzarzal, me comentaban lo bien que se vende la poesía entre el público joven, que de manera sorprendente, las redes sociales han supuesto una contribución muy positiva al fenómeno: las nuevas voces poéticas intercambian sus versos en forma de twits o post en Facebook. Eso sí, advierte el polifacético autor que siempre acecha «el grupito de idiotas» que confunden el genio con la ampulosidad.

Por último, Stephen King llega a donde quería llegar, su género maestro, el relato breve, y cuyo juicio yo me voy a permitir ampliar a la novela impresa también, más concretamente a ese temor que vaga por los cerebros de los escritores a ser devorados por la edición electrónica, esa satanización del e-book que no comparto.

«Lo perdido no puede recuperarse con facilidad», sostiene el de Maine, pero «una perspectiva nueva sobre un aspecto de la literatura, a saber, el comercial, puede llegar a renovarlo todo.» y aquí es donde relata cómo al publicar su primer relato en e-book «Montado en la Bala», una historia de las más sencillas y quizás previsibles del género de terror, consiguió escribir como él dice «un pedacito de historia en el mundo editorial». El relato fue descargado por varios centenares de miles de personas, lo que le hizo ganar mucho dinero. Ahora bien, este gallo que no es ni mucho menos, el nuevo del corral, observó con el tiempo que a pesar de haber aumentado su cuenta bancaria con el invento y ampliar notablemente su espectro de público –de repente le compraba quien antes nunca lo hubiera hecho-, cuando estos supuestos y nuevos admiradores le paraban por la calle, era para preguntarle cómo iban las ventas, no para interesarse por algún aspecto creativo del relato, ¿lo habían leído o simplemente se habían asegurado de formar parte de ese gran grupo de clics de descarga? ¿He vendido, una vez más, mi alma al diablo? ¡Cuántas veces nos hacemos esta maldita pregunta los artistas!

El comercio electrónico de la cosa literaria contempla esta disyuntiva, por un lado, es una vía impresionante que permite llegar a muchos más lectores de los que podríamos haber imaginado antes de ella. En concreto, sin ella y las plataformas de edición gratuita, yo no hubiera llegado a ninguno, mi cajón de escritora estaría rebosante de intentos rechazados por editoriales o quizá vacío, porque los hubiera destruido. Pero gracias a que existen, la gente, mis lectores (que puedo hablar de ellos porque son reales) no solo han descargado mi historia,  sino que se han animado a disfrutarla impresa, ¿hubiera sido esto posible sin la alternativa comercial que ha supuesto la edición independiente? No lo creo.

¿Qué debemos hacer los autores para escapar de su efecto o efectos perversos? Tener muy claro en dónde reside nuestro éxito. Para mí, Alma Diego, autora de “El Diablo en su Escondrijo” según la corta experiencia acumulada, el éxito reside en lograr que amigos, vecinos, desconocidos que dejan de serlo, me escriban comentándome que a pesar de llevar años sin leer y sentirse incapaces, se lo han ventilado en tres días. Quizá les haya reconducido, me gusta pensar que después de leer mi diablo, sentirán de nuevo el gusanillo de la lectura y comenzarán otro libro. Para Stephen King, el éxito está en conseguir que la gente apague el televisor e invierta su tiempo en la lectura de una buena historia que según sus palabras debe ser «sencilla, pero entretenida y efectiva».

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